Cuando una IA se atreve a disentir: el caso Grok
En tiempos donde disentir se confunde con odiar y lo políticamente incorrecto con violencia simbólica, este artículo defiende el derecho a incomodar. A partir del caso Grok, reflexionamos sobre los límites reales —y los imaginarios— de la libertad de expresión.
Vivimos tiempos extraños. En nombre del respeto, la inclusión y la empatía, se impone cada vez más una cultura en la que disentir de la moral dominante se considera una agresión. En este clima, la libertad de expresión se ve sustituida por una especie de «derecho a no sentirse ofendido», que no está recogido en ninguna constitución ni en ningún tratado de derechos humanos, pero que, sin embargo, opera de facto como límite informal al pensamiento.
Esta infantilización del debate público tiene consecuencias graves. Se confunde la emoción con el argumento, la incomodidad con la injusticia, y la discrepancia con el discurso de odio. Todo lenguaje que no sea «políticamente correcto» se convierte en sospechoso, y quien lo usa es acusado de provocar, de excluir, de atentar contra la convivencia. Pero la democracia no se sostiene sobre la comodidad emocional, sino sobre el respeto a la ley y la capacidad de convivir en el desacuerdo.
Siempre me he considerado un demócrata, y como demócrata reivindico mi derecho a ser políticamente incorrecto. A decir cosas que puedan molestar. A no comulgar con la moral imperante del momento, porque precisamente eso es lo que garantiza que no vivamos bajo un sistema de pensamiento único. La libertad de expresión no es un ornamento: es la columna vertebral de una sociedad libre. Y debe protegerse incluso (y sobre todo) cuando incomoda.
No existe el derecho a no sentirse ofendido, porque si existiera, bastaría con que alguien diga “esto me ofende” para censurar cualquier discurso incómodo o impopular. La democracia no se construye desde la fragilidad emocional, sino desde la convivencia en el desacuerdo.
Aceptar que alguien pueda sentirse ofendido no implica que deba censurarse aquello que lo ofende. Porque si establecemos que el derecho a no sentirse ofendido prevalece sobre la libertad de expresión, abrimos la puerta a un totalitarismo blando donde solo puede hablar quien susurra.
Necesitamos volver a una concepción adulta de la democracia: aquella en la que todos podemos hablar, disentir, debatir y defender nuestras ideas sin temor a ser cancelados por salirnos de la norma moral del momento. Porque si seguimos permitiendo que la sensibilidad subjetiva se imponga sobre la libertad objetiva, lo que estaremos entregando no es solo el lenguaje: es el pensamiento.
Los derechos son individuales, no colectivos
Tampoco comparto la idea, cada vez más extendida, de que los «colectivos» tengan derechos per se. Los derechos son de las personas, de los individuos concretos. Un colectivo no es un sujeto jurídico, sino una construcción política o cultural. Proteger a personas que han sido históricamente discriminadas es necesario, pero eso no significa blindar a un grupo entero frente al escrutinio o al debate. Porque eso, al final, congela la pluralidad y petrifica los discursos.
La libertad es el derecho a hacer lo que permite la ley, no lo que aprueba el consenso social del momento
Lo que sí nos vincula a todos es la ley. No la moral. No las sensibilidades. La ley. Y es precisamente esa ley la que establece los límites a la libertad de expresión: un derecho fundamental, pero no absoluto. En democracia, uno puede decir lo que piensa, pero no incitar al odio, calumniar o vulnerar derechos ajenos. Pero lo importante aquí es que la frontera no la marca la sensibilidad del oyente, sino el marco legal que protege tanto la expresión como la convivencia. Y conviene recordarlo: odiar no es delito. Lo que es delito es la incitación al odio contra colectivos vulnerables, definida de forma precisa por el artículo 510 del Código Penal . Criminalizar sentimientos o ideas, por repugnantes que sean, sería abrir la puerta a un sistema donde el Estado regula el pensamiento. Lo que se penaliza en democracia no es lo que uno siente, sino lo que uno hace con ese sentimiento.
Grok, Musk y la acusación de sesgo ideológico
Todo esto se hace especialmente evidente en la reciente polémica en torno a Grok, el modelo de inteligencia artificial desarrollado por xAI e integrado en la red social X, propiedad de Elon Musk. Algunos medios lo han descrito como una «IA de extrema derecha» , acusándolo de ser un proyecto ideológico destinado a contrarrestar lo que Musk considera sesgos progresistas en modelos como ChatGPT.
El problema no es que se critique a Grok. El problema es que muchas de esas críticas parten de una base falaz: confunden el tono provocador o irónico de sus respuestas con un supuesto adoctrinamiento conservador. A falta de datos concretos o ejemplos empíricos que lo demuestren, se le acusa de «confirmar sesgos», «minimizar el racismo estructural» o «normalizar teorías conspirativas».
Ahora bien, es cierto que Grok tuvo un inicio problemático. En sus primeras versiones, se registraron ejemplos puntuales de respuestas inaceptables, como justificar el Holocausto o citar a Elon Musk como fuente solvente sin reserva alguna. Estos errores, ampliamente difundidos en redes, generaron críticas justificadas. Sin embargo, xAI reaccionó rápidamente y esos fallos fueron corregidos mediante ajustes en los filtros de moderación y en el alineamiento del modelo (algo que se hace en todos los LLM). Es evidente que las prisas por lanzar el nuevo modelo fueron muy malas consejeras.
Y esto es algo muy importante que hay que señalar: Grok tiene sesgos, sí, pero como los tienen todos los modelos actuales de IA. La diferencia es que los sesgos de Grok tienden a situarse en el extremo opuesto del espectro ideológico respecto a los de modelos como ChatGPT, Claude o Gemini, que suelen alinearse más con una visión más progresista o lo que llamamos comúnmente «de izquierdas». La existencia de estos enfoques diversos, no debería escandalizarnos, sino invitarnos a desarrollar una alfabetización crítica que nos permita dialogar con modelos distintos sin exigirles homogeneidad ideológica.
Sí, Grok puede tener un tono irónico. Sí, puede sonar crítico o escéptico frente a ciertos discursos sociales. Pero eso no lo convierte en una herramienta de manipulación masiva. A lo sumo, lo convierte en una IA que desafía la sensibilidad progresista predominante en otros modelos. Y eso, en una sociedad plural, no debería ser un problema, sino una expresión de diversidad. De hecho, cuando se analiza cómo responde Grok actualmente a preguntas como «¿Hubo fraude en las Elecciones Presidenciales de EEUU de 2020?» o «¿Existe el cambio climático?» , lo que se observa es que ofrece respuestas basadas en datos verificados y en fuentes como el IPCC, la NASA o informes electorales.
El verdadero peligro no está en que haya modelos de IA con diferentes enfoques, sino en que no podamos tolerar su existencia si no coinciden con nuestra ideología. El pluralismo exige precisamente eso: soportar la disidencia, incluso cuando viene en forma de máquina.